Don Antonio
Castro va a pasar al fin frente a la casa de Máximo Bermúdez y no se le mueve
ni un músculo de la cara. El propio Bermúdez le prohibió el tránsito por esta
cuadra hace casi cuarenta años. Escuchame bien, hijo de una gran puta: más
vale que no los vea pasar nunca más por acá, ni juntos ni separados, ¿me
entendés? Antonio había tenido que oír esa frase con la hoja helada del
facón contra la garganta, y se había apurado a dejar en claro enseguida que
acataba la orden con un silencio manso y tal vez demasiado diligente. Demasiado
caro, pensó siempre. Incluso aunque esa derrota valiera el amor de Silvia. Hasta
hoy, había respetado minuciosamente ese dictamen arbitrario de macho alfa
herido que le había impuesto Bermúdez. Hasta hoy.
Antonio
trató siempre de convencerse de que había sorteado esa situación límite con
inteligencia, pero algo le decía una y otra vez que esa pretendida astucia no
era más que cobardía disfrazada. Un hombre pelea por lo que quiere, se lo gana
en buena ley. Ese mandamiento ancestral, que la memoria paterna le repetía como
un credo, lo había torturado con una regularidad asombrosa durante todo este
tiempo, a pesar de que se habían mudado con Silvia hacía añares a la otra punta
del pueblo y esa cuadra ya no era paso obligado hacia casi ninguna parte.
Habían podido vivir sin tener que cruzarla, habían hecho su camino pensando
cada vez menos en Bermúdez, que, con el paso de los años, había ido
convirtiéndose en una anécdota inofensiva. Y, sin embargo, no había podido
quitarse de la cabeza el recuerdo de esa humillación. Salvo un par de perros y
alguna vieja chismosa que -suponía- habría estado mirándolos por la ventana,
nadie los había visto, pero esa claudicación impúdica había tenido lugar a la
luz del peor de los testigos: su propia conciencia, que nunca se cansaría de
recordarle que todos esos intentos de justificación se parecían a las pataditas
inútiles que dan los perros para tratar de ocultar infructuosamente sus
inmundicias.
Durante
muchos años soñó que al fin se decidía a quebrar esa ley maleva, y cuando iba
por mitad de cuadra salía Bermúdez y con movimientos casi invisibles le cortaba
el cinto con el facón, le rompía el calzoncillo y le cercenaba los testículos,
y luego le decía riéndose ¿Así que esto es todo lo que tenés de macho,
cursiento?, mientras le ponía frente a la nariz dos kiwis diminutos y
achucharrados. Y si más de una vez llegó hasta la esquina decidido a
enfrentarse con Bermúdez, siempre terminó pegando la vuelta, diciéndose que no
valía la pena, que no podía rebajarse a la altura de ese matón y que ya le
había ganado, que tenía a su lado lo que más le importaba y que con eso ya era
suficiente, que quizás algún día, sí, algún día… Y mientras se alejaba sentía
que el corazón le volvía a su sitio y que dejaba de transpirar.
Y ahora,
después de tantos años de vacilaciones y retrocesos, Don Antonio va impávido,
impertérrito, dejando atrás la esquina que abre el camino prohibido, la puerta
de entrada al cielo o al infierno. Va lento, pero despojado de todo temor, sin
tener que tragar saliva ni secarse en el pantalón el sudor de las manos.
Bermúdez tardará
en darse cuenta. Lo han sacado a la puerta a tomar el sol benévolo de la tarde.
Está sentado en una mecedora, viejo y reseco como una lagartija de museo,
rumiando la dentadura postiza y con los brazos dormidos sobre la manta que le
cubre las piernas. Excepto por la cuidadora, está solo, como lo ha estado
durante estas cuatro décadas desde que Silvia decidió cambiarlo por esa
piltrafa. Por tan poca cosa, qué lo parió... Desde esa vez decidió no confiar nunca
más en ninguna mujer. No le faltaban pretendientes, decía su madre, pero el
rencor que le había tomado a Silvia se había derramado sobre todas las demás.
Buscó consolar el cuerpo en los peringundines, pasó noches enteras entregado a
la suerte de las barajas en el ambiente espeso del bar del club, viajó, conoció
otras camas, se acomodó en colchones fáciles y descomprometidos e hizo alguna
que otra amistad más o menos sólida, pero nunca se olvidó de cuidar que se
cumpliera su orden. Cada vez que volvía, pasaba largas horas parado en la
puerta de su casa o patrullaba la cuadra yendo y viniendo por una y otra
vereda. Cuando las piernas comenzaron a flaquearle, empezó a sentarse en la
puerta o a vigilar detrás de la ventana, pero siempre con el facón en la mano.
El mismo facón que descansa ahora sobre el muslo, debajo de la manta, y que la
cuidadora le deja tener consigo porque cree que es una pieza de afecto, un
recuerdo o una reliquia.
Bermúdez
siempre siguió de oídas los acontecimientos familiares de la traidora. Supo así
que se casaron al poco tiempo; después llegaron los hijos: un varón y dos
mujeres (después de todo, Castro había resultado ser fértil, parecía), y
finalmente, los nietos. No sabía bien cuántos, porque los hijos se habían
mudado y volvían de forma esporádica, y más aún después de la muerte de Silvia.
Tampoco le importaba demasiado, la verdad… Pocas veces hubo de cruzarlos a los
dos en el pueblo. Siempre que pudo se cambió de vereda o dio vuelta la cabeza.
Y en las contadas ocasiones en las que había coincidido con Silvia en el
almacén o la verdulería la había destratado con la indiferencia propia de los
desconocidos. Era tanto el resentimiento... Aquel día en el que había apurado
al flojo de Castro había dado el primer paso para saldar su deshonra. Si él
había de ser menos hombre, si había de convivir desde entonces con la vergüenza
de haber sido traicionado y abandonado por una mujer, no podía menos que hacer
que Castro perdiera también lo poco de hombría que tuviese. Por eso cuidaba con
tanto celo su territorio: porque si Castro llegaba a pasar por ahí, la cuenta
volvía a desequilibrarse. ¿Y si se
animaba, después de todo? Qué se iba a animar ese cagón. Pero si lo hacía o
pasaba de distraído nomás, ahí sí que lo achuraba. Sí, señor, lo achuraba ahí
nomás, en plena calle, sin vueltas. Total, tenía cada vez menos que perder.
No está
seguro de quién es. Su vista ya no es la misma. Bermúdez empuña el facón, se
levanta con esfuerzo de la silla y se arrima todo lo más que puede. Entrecierra
los párpados y abre la boca para concentrarse. An… to… Anto…, murmura. Quiere
creer que no es él, que su orden y su orgullo siguen intactos, pero una
intuición amarga le revela que sí, que ese es Antonio Castro. El muy cretino
pasando frente a su casa, insultándolo, burlándose de su ley y de su hombría. Y
lo peor es que ya no puede hacer nada de lo que había jurado hacer. El hijo de
una gran puta, piensa, y aprieta con rabia el mango del puñal, que comprende
que ya no le sirve. Solo así, piensa, solo así podías hacerlo, hijo de una gran
puta. Y tras preguntarse quién carajo ha trazado el recorrido, le pide a la
mujer que le confirme si en el coche dice “Antonio Castro”. Sí, Antonio
Castro, le responde la cuidadora mientras se persigna ante el paso del
cortejo.
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