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lunes, 19 de octubre de 2026

Solo así

 

Don Antonio Castro va a pasar al fin frente a la casa de Máximo Bermúdez y no se le mueve ni un músculo de la cara. El propio Bermúdez le prohibió el tránsito por esta cuadra hace casi cuarenta años. Escuchame bien, hijo de una gran puta: más vale que no los vea pasar nunca más por acá, ni juntos ni separados, ¿me entendés? Antonio había tenido que oír esa frase con la hoja helada del facón contra la garganta, y se había apurado a dejar en claro enseguida que acataba la orden con un silencio manso y tal vez demasiado diligente. Demasiado caro, pensó siempre. Incluso aunque esa derrota valiera el amor de Silvia. Hasta hoy, había respetado minuciosamente ese dictamen arbitrario de macho alfa herido que le había impuesto Bermúdez. Hasta hoy.

Antonio trató siempre de convencerse de que había sorteado esa situación límite con inteligencia, pero algo le decía una y otra vez que esa pretendida astucia no era más que cobardía disfrazada. Un hombre pelea por lo que quiere, se lo gana en buena ley. Ese mandamiento ancestral, que la memoria paterna le repetía como un credo, lo había torturado con una regularidad asombrosa durante todo este tiempo, a pesar de que se habían mudado con Silvia hacía añares a la otra punta del pueblo y esa cuadra ya no era paso obligado hacia casi ninguna parte. Habían podido vivir sin tener que cruzarla, habían hecho su camino pensando cada vez menos en Bermúdez, que, con el paso de los años, había ido convirtiéndose en una anécdota inofensiva. Y, sin embargo, no había podido quitarse de la cabeza el recuerdo de esa humillación. Salvo un par de perros y alguna vieja chismosa que -suponía- habría estado mirándolos por la ventana, nadie los había visto, pero esa claudicación impúdica había tenido lugar a la luz del peor de los testigos: su propia conciencia, que nunca se cansaría de recordarle que todos esos intentos de justificación se parecían a las pataditas inútiles que dan los perros para tratar de ocultar infructuosamente sus inmundicias.

Durante muchos años soñó que al fin se decidía a quebrar esa ley maleva, y cuando iba por mitad de cuadra salía Bermúdez y con movimientos casi invisibles le cortaba el cinto con el facón, le rompía el calzoncillo y le cercenaba los testículos, y luego le decía riéndose ¿Así que esto es todo lo que tenés de macho, cursiento?, mientras le ponía frente a la nariz dos kiwis diminutos y achucharrados. Y si más de una vez llegó hasta la esquina decidido a enfrentarse con Bermúdez, siempre terminó pegando la vuelta, diciéndose que no valía la pena, que no podía rebajarse a la altura de ese matón y que ya le había ganado, que tenía a su lado lo que más le importaba y que con eso ya era suficiente, que quizás algún día, sí, algún día… Y mientras se alejaba sentía que el corazón le volvía a su sitio y que dejaba de transpirar.

Y ahora, después de tantos años de vacilaciones y retrocesos, Don Antonio va impávido, impertérrito, dejando atrás la esquina que abre el camino prohibido, la puerta de entrada al cielo o al infierno. Va lento, pero despojado de todo temor, sin tener que tragar saliva ni secarse en el pantalón el sudor de las manos.

Bermúdez tardará en darse cuenta. Lo han sacado a la puerta a tomar el sol benévolo de la tarde. Está sentado en una mecedora, viejo y reseco como una lagartija de museo, rumiando la dentadura postiza y con los brazos dormidos sobre la manta que le cubre las piernas. Excepto por la cuidadora, está solo, como lo ha estado durante estas cuatro décadas desde que Silvia decidió cambiarlo por esa piltrafa. Por tan poca cosa, qué lo parió... Desde esa vez decidió no confiar nunca más en ninguna mujer. No le faltaban pretendientes, decía su madre, pero el rencor que le había tomado a Silvia se había derramado sobre todas las demás. Buscó consolar el cuerpo en los peringundines, pasó noches enteras entregado a la suerte de las barajas en el ambiente espeso del bar del club, viajó, conoció otras camas, se acomodó en colchones fáciles y descomprometidos e hizo alguna que otra amistad más o menos sólida, pero nunca se olvidó de cuidar que se cumpliera su orden. Cada vez que volvía, pasaba largas horas parado en la puerta de su casa o patrullaba la cuadra yendo y viniendo por una y otra vereda. Cuando las piernas comenzaron a flaquearle, empezó a sentarse en la puerta o a vigilar detrás de la ventana, pero siempre con el facón en la mano. El mismo facón que descansa ahora sobre el muslo, debajo de la manta, y que la cuidadora le deja tener consigo porque cree que es una pieza de afecto, un recuerdo o una reliquia.

Bermúdez siempre siguió de oídas los acontecimientos familiares de la traidora. Supo así que se casaron al poco tiempo; después llegaron los hijos: un varón y dos mujeres (después de todo, Castro había resultado ser fértil, parecía), y finalmente, los nietos. No sabía bien cuántos, porque los hijos se habían mudado y volvían de forma esporádica, y más aún después de la muerte de Silvia. Tampoco le importaba demasiado, la verdad… Pocas veces hubo de cruzarlos a los dos en el pueblo. Siempre que pudo se cambió de vereda o dio vuelta la cabeza. Y en las contadas ocasiones en las que había coincidido con Silvia en el almacén o la verdulería la había destratado con la indiferencia propia de los desconocidos. Era tanto el resentimiento... Aquel día en el que había apurado al flojo de Castro había dado el primer paso para saldar su deshonra. Si él había de ser menos hombre, si había de convivir desde entonces con la vergüenza de haber sido traicionado y abandonado por una mujer, no podía menos que hacer que Castro perdiera también lo poco de hombría que tuviese. Por eso cuidaba con tanto celo su territorio: porque si Castro llegaba a pasar por ahí, la cuenta volvía a desequilibrarse.  ¿Y si se animaba, después de todo? Qué se iba a animar ese cagón. Pero si lo hacía o pasaba de distraído nomás, ahí sí que lo achuraba. Sí, señor, lo achuraba ahí nomás, en plena calle, sin vueltas. Total, tenía cada vez menos que perder.

No está seguro de quién es. Su vista ya no es la misma. Bermúdez empuña el facón, se levanta con esfuerzo de la silla y se arrima todo lo más que puede. Entrecierra los párpados y abre la boca para concentrarse. An… to… Anto…, murmura. Quiere creer que no es él, que su orden y su orgullo siguen intactos, pero una intuición amarga le revela que sí, que ese es Antonio Castro. El muy cretino pasando frente a su casa, insultándolo, burlándose de su ley y de su hombría. Y lo peor es que ya no puede hacer nada de lo que había jurado hacer. El hijo de una gran puta, piensa, y aprieta con rabia el mango del puñal, que comprende que ya no le sirve. Solo así, piensa, solo así podías hacerlo, hijo de una gran puta. Y tras preguntarse quién carajo ha trazado el recorrido, le pide a la mujer que le confirme si en el coche dice “Antonio Castro”. Sí, Antonio Castro, le responde la cuidadora mientras se persigna ante el paso del cortejo.

Debía ser en invierno

 

Solo Dios sabe cuánto amábamos a Amelia. Piensen que nosotros nos quedamos sin padres de la noche a la mañana. Papá mató a mamá y después se pegó un tiro. Así nomás. Parece tan fácil de decir… Una frase tan corta y sencilla. Un acto también tan rápido. Dos actos que terminaron siendo uno, en realidad. Hoy lo veo en la carátula que ponen los fiscales en estos casos: “Homicidio seguido de suicidio”. Qué poder de síntesis tiene la Justicia, ¿no? Y nosotros nos quedamos solos. No teníamos ningún pariente más que una abuela en el Norte. En un pueblo de Chaco. No me acuerdo ni el nombre. Éramos tan chicos… Jorge tenía cuatro y yo tenía seis. Y no digo esto para que nos tengan lástima. Lo digo porque es cierto, porque fue así. Y nos mandaron al hogar, al instituto, quiero decir… Ahí éramos todos pibes, todos varones. Y la primera que nos recibió fue Amelia. Ni bien la vimos nos largamos a llorar. Después entendimos de dónde venía la frase “llorar como una Magdalena” (después, cuando Amelia nos empezó a contar de la Virgen, Jesús, los santos, la crucifixión…). Y más adelante, cuando fuimos a Luján todos juntos y vimos a María, ahí nos pasó lo mismo. Lloramos, digo. Aunque fue un llanto diferente. Ya van a ver por qué.

Les decía que Amelia fue la que nos recibió y nos consoló. Lloramos muchísimo, un rato bien largo, con mocos y berrinches. Jorge se puso a golpear el tapizado de una silla y yo rompí una estatuita de un santo contra la pared. Creo que era San Antonio, no sé… Fue hace tanto tiempo, que algunos detalles se me borraron. Pero hay otros que siguen firmes, que vuelven de alguna manera, con la forma de una sensación amarga, una angustia brutal, una fractura, como si el pecho fuese un jarrón de cristal, y no se quieren ir, por más fuerza que haga. Mi mujer me dice que se me hincha una vena de la frente y que parece que se va a reventar. Me pasa más que nada cuando me despierto en medio de alguna pesadilla, enredado en sensaciones y formas difusas. Pero, volviendo a Amelia, yo pensé que ahí nomás nos iba a dar un bife o nos iba a revolear de los pelos para que paráramos, pero nos dejó que nos desahogáramos. Y después nos abrazó y nos acarició y nos llenó de besos.

Y nosotros pensamos que en algo se parecía a mamá cuando estaba bien, a mamá en la mañana, cuando era buena y no se desquitaba con nosotros de las murras que le daba papá y que veíamos en vivo y en directo. Que quede bien clarito que no le pegaba a escondidas. No disimulaba nada. En eso papá era honesto. En lo único. Porque de lo que ganaba, a casa no llevaba casi nada. Lo dejaba en el bar, decía mamá. Nos decía a nosotros y se lo decía a él cuando empezaban a pelear. A veces mamá se defendía y le pegaba una que otra cachetada, y a veces papá se quedaba quieto, como que reaccionaba y se arrepentía de todo. Pero a veces, la mayoría, se ponía más brava la cosa y mamá terminaba toda moreteada, y nosotros sabíamos que después venía lo peor, porque esos moretones eran el aviso de las cachetadas que ella nos iba a dar por cualquier cosa que hiciéramos. Cualquier excusa le venía bien a mamá para desquitarse con nosotros. Pero no era así siempre. Había momentos buenos. Qué sé yo… Íbamos a la plaza todos juntos, paseábamos...

Una vez fuimos a almorzar a la costanera, a un carrito que se llamaba La Marcelita. Del apuro me comí un pedazo de servilleta de papel cuando mordí el sánguche. Con Jorge nos terminamos la Pepsi en dos tragos y rompimos tanto los cocos que nos tuvieron que comprar otra. Qué lindo. Fresca, dulce. En ese tiempo todo lo bueno venía de afuera. Pero no de afuera de casa o de afuera del país. De afuera de nosotros. No sé si me explico. Lo material, lo inmediato. Nos conformábamos con poco. No sé si éramos felices con ese poco. Por ahí es algo que me parece ahora, después de muchos años. Nos conformábamos, por lo menos eso. Un alfajor, un poco del calor del brasero, la sombrita de los pinos de la plaza, los regalos de Navidad, cuando había: soldaditos de plástico, por ejemplo. No nos importaba que no fueran nuevos. Yo le decía a Jorge que seguro que Papá Noel los había rescatado del ejército donde tenían jefes malos, que les pegaban y los obligaban a salir a pedir armas por ahí, como hacían los papás de Loli, que lo mandaban a pedir en los semáforos. Y no sé si Jorge entendía del todo ni si tenía necesidad de hacerlo. Yo creo que se lo decía más bien para conformarme yo. Pero a nosotros no nos mandaban. Eso también era algo bueno de papá y mamá. Aunque después Amelia nos explicó que lo mejor venía de adentro. Que esas eran alegrías superficiales que duraban poco. Cuando se terminaba un chupetín nos quedaba dando vueltas el gusto por un ratito, pero nada más. Después nos volvía el aliento amargo de siempre y el dolor de estómago.  

Pero Amelia nos mostró que lo único que importaba estaba más allá de los sentidos, que el cuerpo es una carcasa impura del mundo terrenal. Ojo, no éramos unos animalitos, eh. A su manera, papá y mamá nos habían dado una educación. No éramos chorros. Los bifes que me ligué en la mano aquella vez que, por imitar a otro, porque veíamos afanar bastante, le saqué un autito de esos de colección a un pibe en la plaza... ¡Cuando se lo mostré a mamá…! Se lo enseñé como si hubiera hecho una hazaña, todo orgulloso. Y después de pegarme (cómo picaba; me parece que todavía siento el ardor), después de pegarme me dijo: “La próxima te corto la mano. Mañana vas, lo buscás al chico y se lo devolvés”. “Pero si tenía un montón”, le dije. “¡No me importa! ¡No es tuyo y se acabó!”. Teníamos nuestro pedacito de alma, porque Dios, después lo supimos, comparte su espíritu con todo el mundo. Ahí guardábamos las alegrías y, desde ya, el sufrimiento. Pero con Amelia el alma tomó otro significado. Con ella empezó a llenarse de Dios y sus enseñanzas.

Amelia nos hizo saber quién era Dios esa misma tarde. Le salió espontáneamente. O por ahí vio que sería bueno hablarnos de otra cosa para sacarnos la angustia, la bronca y el miedo. Para mí que vio esa mezcla que teníamos hirviendo adentro. Y ahí fue que nos habló de Dios. Nos reveló a Dios con el pasaje de la zarza ardiente. Lo conocen, ¿no? Amelia nos hizo el cuentito. Nos dijo que Moisés estaba perdido y que una voz lo llamó desde una zarza que estaba prendida fuego. Y Moisés se acercó y vio que la zarza no se quemaba. Y ahí nomás vino el truco de magia: Amelia prendió un fósforo, dejó que se quemara hasta la mitad, lo agarró de lo que quedaba de la cabecita, lo dio vuelta y dejó que terminara de quemarse. Y cuando ya era nada más que un rulito negro, lo puso sobre la mesa y dijo que el fuego, el que conocemos, la llama que arde acá, en el mundo material, quema todo, pero que el fuego de Dios no, el fuego de Dios es distinto, no quema, solamente ilumina, nos hace más fuertes, y si nos dejábamos quemar por el fuego de Dios íbamos a ser como esa zarza, que era una plantita más o menos de nuestro tamaño, nos dijo, y que estaba intacta, verde y fresca bajo la llama de Dios. Y que, si nos dejábamos quemar por el fuego de este mundo, que es el del infierno, el del diablo, íbamos a terminar como el fósforo. “Y así, con fuego divino, se iluminó el camino de Moisés, que rescató a su pueblo de las garras del faraón, que era malísimo”, nos dijo. Nos quedamos fascinados. Nosotros no conocíamos a Dios, para nada. Ni sabíamos de la vida de Jesús ni de los ángeles. Solamente existían Papá Noel y los Reyes Magos, que eran unos personajes de cuento que pasaban cada tanto a la tardecita por el barrio, subidos a la caja de una rastrojera, y nos tiraban caramelos como quien les tira maíz a los chanchos. Y así, gracias a Amelia, conocimos el significado de palabras como “milagro”, “espíritu”, “divino”… Los demás estaban avanzados en catequesis, por eso tuvimos que tomar clases aparte con ella antes de integrarnos al resto, que las recibía directamente del padre Juan.      

Las primeras noches dormimos con ella, hasta que nos acostumbráramos a los demás, nos dijo. Amelia se tiró un colchón en el piso y nos dejó la cama. Hasta eso hizo. Y era grande ya. Tenía cerca de sesenta. Los demás pibes también eran más grandes que nosotros y nos miraban con desconfianza. O por ahí eran celos. Pero ninguno pasaba los once. Cuando los cumplían, los mandaban a otro instituto. Nos enteramos porque un día nos contó uno de ellos, el primero que se nos acercó. Él tenía un hermano más grande y los habían separado, pero cada tanto lo iba a visitar. Se tuvo que apurar a aclararlo porque Jorge se había puesto a llorar del miedo a quedarse solo. Después, de a poco, nos fuimos acercando a los demás. Nos hicimos bastante amigos, aunque siempre estaba ese recelo, esa cosa de que éramos especiales, los preferidos de la catequista. Pasaron un par de años, muchos se fueron y llegaron otros, pero no nos pudimos desprender de ese estigma. Tampoco nos ayudaba mucho que digamos estar exceptuados de limpiar el salón y los baños y de dar una mano en la cocina. Teníamos otras tareas: preparar el altar y las ofrendas, ayudar a Amelia a doblar la ropa del padre Juan, pasarles un trapito húmedo a las estatuas…

Amelia nos defendió siempre. Porque había algunos que nos buscaban roña por cualquier cosa. Un par de veces quise agarrarme a trompadas con uno que seguro me llevaba dos o tres años además de unos cuantos centímetros y que nos había dicho “putos”. Amelia salió de la nada y nos separó, y a ese lo castigó feo: tuvo que limpiar los baños por dos semanas. A Jorge y a mí nos enseñó que todo buen cristiano debe poner la otra mejilla si alguien lo golpea. Nos mostró el sufrimiento de Cristo en el Via Crucis, cómo aceptó cargar con la cruz y después con los clavos y la corona de espinas. Nos dijo que teníamos que hacer lo mismo si queríamos ganarnos nuestro lugarcito en el cielo. Cuando entramos a dormir con el resto, pasó noches enteras en vela para cuidarnos. Ella pensaba que no nos dábamos cuenta, pero yo veía cómo se escondía para vigilar que nadie nos hiciera nada. No sé cómo hacía, pero a la hora que me despertara estaba ahí, sentada en un rincón, con la espalda contra la pared, cabeceando, durmiendo con un ojo y controlando con el otro. Era nuestro ángel de la guarda.

Por eso nos dio tanta rabia lo que pasó. Porque la queríamos tanto…

Un tiempo después de que trasladaron al Padre Juan, quisieron llevársela también a ella, pero con Jorge hicimos de todo para retenerla. Empezamos una huelga de hambre, gritamos y chillamos casi hasta hacer explotar los vidrios, imploramos, suplicamos, nos arrodillamos delante del Padre Héctor, el remplazante, y le dijimos que nosotros no podríamos vivir sin ella, que si era necesario se lo diríamos a quien él quisiera. Y fue necesario. Nos llevó con el Obispo. Le contamos lo buena que había sido Amelia con nosotros. Cómo nos había cuidado. La falta que nos hacía. El Obispo quería saber bien qué había pasado y nosotros le dijimos que no entendíamos. ¿Pasado con qué? Si Amelia era un sol. El Obispo nos hizo preguntas bastante raras, pero en todas supimos dejar a Amelia bien parada. Ahí yo ya tenía diez y Jorge, ocho.

Para ella había sido difícil. Ese último verano lo había pasado pésimo. Supusimos que en gran parte se debía a no saber si seguiría estando ahí (había estado desde muy jovencita, nos había contado), porque parecía que no terminaba de ganarse la confianza del Padre Héctor, que siempre la miraba con algún recelo y la había apartado de las tareas litúrgicas para darle un rol un poco más “doméstico”. Ahí fue cuando empezó a tomar las pastillas para dormir, porque le costaba mucho conciliar el sueño. Y empezamos a turnarnos con Jorge para hacerle compañía. Una noche cada uno. Nos quedábamos hasta que se durmiera. Primero rezábamos con ella los dos y después uno se quedaba a hacerle compañía. A veces llorisqueaba, pero nosotros la consolábamos, y eso la conmovía todavía más. A lo mejor la sorprendía lo bien que habíamos aprendido a afrontar la adversidad, a mostrar la otra mejilla. Por ahí no se esperaba que a nuestra edad tuviéramos tanta entereza. Le decíamos que siempre íbamos a estar con ella, que iban a tener que matarnos antes de que permitiéramos que nos separaran de su lado. Entonces, como les decía, nos asegurábamos de que se durmiera profundamente, y ahí sí, nos íbamos a dormir tranquilos con el resto.

Para ese tiempo ya habíamos ido a Luján. El viaje lo había organizado el Padre Héctor y nosotros prácticamente no nos despegamos de Amelia. El trayecto se nos hizo larguísimo. Los asientos del colectivo eran bastante duros. Nos bajamos a la entrada y fuimos caminando por el bulevar, porque al Padre Héctor se le ocurrió que hiciéramos una mini procesión para ir acostumbrándonos a la de octubre. A mitad de camino ya no dábamos más de las piernas, la cadera, la espalda… Entre el viaje en colectivo y la caminata... “¡Vamos! ¡No sean debiluchos!”, nos gritaba el padre Héctor. “¿Cómo van a hacer de acá a un mes?” Tienen que entrar en forma. Amelia también iba bastante dolorida, se le notaba en la cara. Y llegamos por fin a la basílica y vimos a la Virgen. Estaba entronada en un altar con flores blancas y guirnaldas doradas y plateadas. Nos sentimos como cuando volvíamos de jugar y mamá nos recibía en casa. Lo vimos así, de repente, después de esos años en el instituto. Los dos lo sentimos y supimos cuánto la extrañábamos. Amelia no nos pegaba ni nos tiraba del pelo, pero no era mamá. Cómo no íbamos a llorar…

Y después pasó lo que pasó. Una tragedia. Fue en el invierno siguiente, unos meses después de ese encuentro con la Virgen. Amelia dormía con una estufa a querosén, parecida al calentador que había comprado papá para remplazar el brasero. El calentador era menos peligroso, pero también tenía sus riesgos. Papá nos había dicho que tuviéramos mucho cuidado de no patearlo, de no llevarlo por delante, porque si se caía y se volcaba el querosén podía hacer un desastre. Todos dijeron que algo de eso podía haber pasado.

No se dan una idea de lo que la queríamos a Amelia. Por eso nos afectó tanto lo que pasó: nosotros no sabíamos nada, no entendíamos nada. Éramos tan chicos… Y Amelia, que había asumido con un celo enorme la misión de hacernos comprender lo necesario que era someter la carne para salvar el alma, después de prepararnos con parábolas del viejo y del nuevo testamento le cedía el turno al Padre Juan. Nos dejaba con él en la pieza, a la hora de la siesta. Pero no a los dos juntos. Ella se quedaba afuera con uno de nosotros, esperando. Y el Padre Juan primero nos confesaba y después nos daba la penitencia. Así le decía. Y Amelia después nos tranquilizaba y nos aclaraba que tenía que ser así. Que estaba bien tolerar el dolor. Que era dolor físico, nada más, y que era una forma de expiar los pecados. Que lo importante era el alma. Éramos tan chicos…

Cuando los primeros empezaron a despertarse con el humo, ya era tarde. El padre Héctor trató de entrar a la pieza, pero no pudo ni acercarse a la puerta, porque a esa altura ya era el mismo infierno. Los bomberos tuvieron que tirarla abajo. Cuando pudieron apagar las llamas, se encontraron con un cuerpo esquelético, retorcido y humeante, tirado sobre el piso y casi abrazado a la estufa. Al parecer, Amelia se había levantado durante la madrugada medio atontada por los ansiolíticos (no era un secreto que los tomaba) y se había tropezado. Así fue como se resolvió la causa, coronada por ese poder de síntesis que tiene la Justicia, por ese afán de simplificarlo todo; el mismo afán que le puso el punto final a nuestros días en el barrio: “Homicidio seguido de suicidio”, “Muerte por accidente”, y así…

Los recuerdos vuelven de noche, en medio de la oscuridad de la pieza, entremezclados con todo tipo de sensaciones: el silencio (el de casa después de los estruendos y los quejidos de mamá, el de Amelia, el nuestro), el ardor del fuego y de la penitencia, el olor de la carne (la carne abrasada de Amelia, la carne avasallante del padre Juan), el calor de las manos de Amelia y el de la estufa, la incandescencia y el fulgor de los copones, de los ojos de Moisés y de la zarza, del pabilo encendido de los cirios; la tibieza del ronquido impávido, imperturbable de su cuerpo dormido, su peso liviano, ínfimo, incluso para un par de pibes, y los colores: el brillo rojizo de la llama avanzando por la tela, el brillo pálido de la llave que escondimos, el brillo negro del cuerpo encogido de la pobre Amelia, como el del fósforo achicharrado que ella misma nos había mostrado el primer día; como si Dios la hubiese agarrado de la cabeza y la hubiese dado vuelta para que siguiera quemándose.