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lunes, 19 de octubre de 2026

Solo así

 

Don Antonio Castro va a pasar al fin frente a la casa de Máximo Bermúdez y no se le mueve ni un músculo de la cara. El propio Bermúdez le prohibió el tránsito por esta cuadra hace casi cuarenta años. Escuchame bien, hijo de una gran puta: más vale que no los vea pasar nunca más por acá, ni juntos ni separados, ¿me entendés? Antonio había tenido que oír esa frase con la hoja helada del facón contra la garganta, y se había apurado a dejar en claro enseguida que acataba la orden con un silencio manso y tal vez demasiado diligente. Demasiado caro, pensó siempre. Incluso aunque esa derrota valiera el amor de Silvia. Hasta hoy, había respetado minuciosamente ese dictamen arbitrario de macho alfa herido que le había impuesto Bermúdez. Hasta hoy.

Antonio trató siempre de convencerse de que había sorteado esa situación límite con inteligencia, pero algo le decía una y otra vez que esa pretendida astucia no era más que cobardía disfrazada. Un hombre pelea por lo que quiere, se lo gana en buena ley. Ese mandamiento ancestral, que la memoria paterna le repetía como un credo, lo había torturado con una regularidad asombrosa durante todo este tiempo, a pesar de que se habían mudado con Silvia hacía añares a la otra punta del pueblo y esa cuadra ya no era paso obligado hacia casi ninguna parte. Habían podido vivir sin tener que cruzarla, habían hecho su camino pensando cada vez menos en Bermúdez, que, con el paso de los años, había ido convirtiéndose en una anécdota inofensiva. Y, sin embargo, no había podido quitarse de la cabeza el recuerdo de esa humillación. Salvo un par de perros y alguna vieja chismosa que -suponía- habría estado mirándolos por la ventana, nadie los había visto, pero esa claudicación impúdica había tenido lugar a la luz del peor de los testigos: su propia conciencia, que nunca se cansaría de recordarle que todos esos intentos de justificación se parecían a las pataditas inútiles que dan los perros para tratar de ocultar infructuosamente sus inmundicias.

Durante muchos años soñó que al fin se decidía a quebrar esa ley maleva, y cuando iba por mitad de cuadra salía Bermúdez y con movimientos casi invisibles le cortaba el cinto con el facón, le rompía el calzoncillo y le cercenaba los testículos, y luego le decía riéndose ¿Así que esto es todo lo que tenés de macho, cursiento?, mientras le ponía frente a la nariz dos kiwis diminutos y achucharrados. Y si más de una vez llegó hasta la esquina decidido a enfrentarse con Bermúdez, siempre terminó pegando la vuelta, diciéndose que no valía la pena, que no podía rebajarse a la altura de ese matón y que ya le había ganado, que tenía a su lado lo que más le importaba y que con eso ya era suficiente, que quizás algún día, sí, algún día… Y mientras se alejaba sentía que el corazón le volvía a su sitio y que dejaba de transpirar.

Y ahora, después de tantos años de vacilaciones y retrocesos, Don Antonio va impávido, impertérrito, dejando atrás la esquina que abre el camino prohibido, la puerta de entrada al cielo o al infierno. Va lento, pero despojado de todo temor, sin tener que tragar saliva ni secarse en el pantalón el sudor de las manos.

Bermúdez tardará en darse cuenta. Lo han sacado a la puerta a tomar el sol benévolo de la tarde. Está sentado en una mecedora, viejo y reseco como una lagartija de museo, rumiando la dentadura postiza y con los brazos dormidos sobre la manta que le cubre las piernas. Excepto por la cuidadora, está solo, como lo ha estado durante estas cuatro décadas desde que Silvia decidió cambiarlo por esa piltrafa. Por tan poca cosa, qué lo parió... Desde esa vez decidió no confiar nunca más en ninguna mujer. No le faltaban pretendientes, decía su madre, pero el rencor que le había tomado a Silvia se había derramado sobre todas las demás. Buscó consolar el cuerpo en los peringundines, pasó noches enteras entregado a la suerte de las barajas en el ambiente espeso del bar del club, viajó, conoció otras camas, se acomodó en colchones fáciles y descomprometidos e hizo alguna que otra amistad más o menos sólida, pero nunca se olvidó de cuidar que se cumpliera su orden. Cada vez que volvía, pasaba largas horas parado en la puerta de su casa o patrullaba la cuadra yendo y viniendo por una y otra vereda. Cuando las piernas comenzaron a flaquearle, empezó a sentarse en la puerta o a vigilar detrás de la ventana, pero siempre con el facón en la mano. El mismo facón que descansa ahora sobre el muslo, debajo de la manta, y que la cuidadora le deja tener consigo porque cree que es una pieza de afecto, un recuerdo o una reliquia.

Bermúdez siempre siguió de oídas los acontecimientos familiares de la traidora. Supo así que se casaron al poco tiempo; después llegaron los hijos: un varón y dos mujeres (después de todo, Castro había resultado ser fértil, parecía), y finalmente, los nietos. No sabía bien cuántos, porque los hijos se habían mudado y volvían de forma esporádica, y más aún después de la muerte de Silvia. Tampoco le importaba demasiado, la verdad… Pocas veces hubo de cruzarlos a los dos en el pueblo. Siempre que pudo se cambió de vereda o dio vuelta la cabeza. Y en las contadas ocasiones en las que había coincidido con Silvia en el almacén o la verdulería la había destratado con la indiferencia propia de los desconocidos. Era tanto el resentimiento... Aquel día en el que había apurado al flojo de Castro había dado el primer paso para saldar su deshonra. Si él había de ser menos hombre, si había de convivir desde entonces con la vergüenza de haber sido traicionado y abandonado por una mujer, no podía menos que hacer que Castro perdiera también lo poco de hombría que tuviese. Por eso cuidaba con tanto celo su territorio: porque si Castro llegaba a pasar por ahí, la cuenta volvía a desequilibrarse.  ¿Y si se animaba, después de todo? Qué se iba a animar ese cagón. Pero si lo hacía o pasaba de distraído nomás, ahí sí que lo achuraba. Sí, señor, lo achuraba ahí nomás, en plena calle, sin vueltas. Total, tenía cada vez menos que perder.

No está seguro de quién es. Su vista ya no es la misma. Bermúdez empuña el facón, se levanta con esfuerzo de la silla y se arrima todo lo más que puede. Entrecierra los párpados y abre la boca para concentrarse. An… to… Anto…, murmura. Quiere creer que no es él, que su orden y su orgullo siguen intactos, pero una intuición amarga le revela que sí, que ese es Antonio Castro. El muy cretino pasando frente a su casa, insultándolo, burlándose de su ley y de su hombría. Y lo peor es que ya no puede hacer nada de lo que había jurado hacer. El hijo de una gran puta, piensa, y aprieta con rabia el mango del puñal, que comprende que ya no le sirve. Solo así, piensa, solo así podías hacerlo, hijo de una gran puta. Y tras preguntarse quién carajo ha trazado el recorrido, le pide a la mujer que le confirme si en el coche dice “Antonio Castro”. Sí, Antonio Castro, le responde la cuidadora mientras se persigna ante el paso del cortejo.

Debía ser en invierno

 

Solo Dios sabe cuánto amábamos a Amelia. Piensen que nosotros nos quedamos sin padres de la noche a la mañana. Papá mató a mamá y después se pegó un tiro. Así nomás. Parece tan fácil de decir… Una frase tan corta y sencilla. Un acto también tan rápido. Dos actos que terminaron siendo uno, en realidad. Hoy lo veo en la carátula que ponen los fiscales en estos casos: “Homicidio seguido de suicidio”. Qué poder de síntesis tiene la Justicia, ¿no? Y nosotros nos quedamos solos. No teníamos ningún pariente más que una abuela en el Norte. En un pueblo de Chaco. No me acuerdo ni el nombre. Éramos tan chicos… Jorge tenía cuatro y yo tenía seis. Y no digo esto para que nos tengan lástima. Lo digo porque es cierto, porque fue así. Y nos mandaron al hogar, al instituto, quiero decir… Ahí éramos todos pibes, todos varones. Y la primera que nos recibió fue Amelia. Ni bien la vimos nos largamos a llorar. Después entendimos de dónde venía la frase “llorar como una Magdalena” (después, cuando Amelia nos empezó a contar de la Virgen, Jesús, los santos, la crucifixión…). Y más adelante, cuando fuimos a Luján todos juntos y vimos a María, ahí nos pasó lo mismo. Lloramos, digo. Aunque fue un llanto diferente. Ya van a ver por qué.

Les decía que Amelia fue la que nos recibió y nos consoló. Lloramos muchísimo, un rato bien largo, con mocos y berrinches. Jorge se puso a golpear el tapizado de una silla y yo rompí una estatuita de un santo contra la pared. Creo que era San Antonio, no sé… Fue hace tanto tiempo, que algunos detalles se me borraron. Pero hay otros que siguen firmes, que vuelven de alguna manera, con la forma de una sensación amarga, una angustia brutal, una fractura, como si el pecho fuese un jarrón de cristal, y no se quieren ir, por más fuerza que haga. Mi mujer me dice que se me hincha una vena de la frente y que parece que se va a reventar. Me pasa más que nada cuando me despierto en medio de alguna pesadilla, enredado en sensaciones y formas difusas. Pero, volviendo a Amelia, yo pensé que ahí nomás nos iba a dar un bife o nos iba a revolear de los pelos para que paráramos, pero nos dejó que nos desahogáramos. Y después nos abrazó y nos acarició y nos llenó de besos.

Y nosotros pensamos que en algo se parecía a mamá cuando estaba bien, a mamá en la mañana, cuando era buena y no se desquitaba con nosotros de las murras que le daba papá y que veíamos en vivo y en directo. Que quede bien clarito que no le pegaba a escondidas. No disimulaba nada. En eso papá era honesto. En lo único. Porque de lo que ganaba, a casa no llevaba casi nada. Lo dejaba en el bar, decía mamá. Nos decía a nosotros y se lo decía a él cuando empezaban a pelear. A veces mamá se defendía y le pegaba una que otra cachetada, y a veces papá se quedaba quieto, como que reaccionaba y se arrepentía de todo. Pero a veces, la mayoría, se ponía más brava la cosa y mamá terminaba toda moreteada, y nosotros sabíamos que después venía lo peor, porque esos moretones eran el aviso de las cachetadas que ella nos iba a dar por cualquier cosa que hiciéramos. Cualquier excusa le venía bien a mamá para desquitarse con nosotros. Pero no era así siempre. Había momentos buenos. Qué sé yo… Íbamos a la plaza todos juntos, paseábamos...

Una vez fuimos a almorzar a la costanera, a un carrito que se llamaba La Marcelita. Del apuro me comí un pedazo de servilleta de papel cuando mordí el sánguche. Con Jorge nos terminamos la Pepsi en dos tragos y rompimos tanto los cocos que nos tuvieron que comprar otra. Qué lindo. Fresca, dulce. En ese tiempo todo lo bueno venía de afuera. Pero no de afuera de casa o de afuera del país. De afuera de nosotros. No sé si me explico. Lo material, lo inmediato. Nos conformábamos con poco. No sé si éramos felices con ese poco. Por ahí es algo que me parece ahora, después de muchos años. Nos conformábamos, por lo menos eso. Un alfajor, un poco del calor del brasero, la sombrita de los pinos de la plaza, los regalos de Navidad, cuando había: soldaditos de plástico, por ejemplo. No nos importaba que no fueran nuevos. Yo le decía a Jorge que seguro que Papá Noel los había rescatado del ejército donde tenían jefes malos, que les pegaban y los obligaban a salir a pedir armas por ahí, como hacían los papás de Loli, que lo mandaban a pedir en los semáforos. Y no sé si Jorge entendía del todo ni si tenía necesidad de hacerlo. Yo creo que se lo decía más bien para conformarme yo. Pero a nosotros no nos mandaban. Eso también era algo bueno de papá y mamá. Aunque después Amelia nos explicó que lo mejor venía de adentro. Que esas eran alegrías superficiales que duraban poco. Cuando se terminaba un chupetín nos quedaba dando vueltas el gusto por un ratito, pero nada más. Después nos volvía el aliento amargo de siempre y el dolor de estómago.  

Pero Amelia nos mostró que lo único que importaba estaba más allá de los sentidos, que el cuerpo es una carcasa impura del mundo terrenal. Ojo, no éramos unos animalitos, eh. A su manera, papá y mamá nos habían dado una educación. No éramos chorros. Los bifes que me ligué en la mano aquella vez que, por imitar a otro, porque veíamos afanar bastante, le saqué un autito de esos de colección a un pibe en la plaza... ¡Cuando se lo mostré a mamá…! Se lo enseñé como si hubiera hecho una hazaña, todo orgulloso. Y después de pegarme (cómo picaba; me parece que todavía siento el ardor), después de pegarme me dijo: “La próxima te corto la mano. Mañana vas, lo buscás al chico y se lo devolvés”. “Pero si tenía un montón”, le dije. “¡No me importa! ¡No es tuyo y se acabó!”. Teníamos nuestro pedacito de alma, porque Dios, después lo supimos, comparte su espíritu con todo el mundo. Ahí guardábamos las alegrías y, desde ya, el sufrimiento. Pero con Amelia el alma tomó otro significado. Con ella empezó a llenarse de Dios y sus enseñanzas.

Amelia nos hizo saber quién era Dios esa misma tarde. Le salió espontáneamente. O por ahí vio que sería bueno hablarnos de otra cosa para sacarnos la angustia, la bronca y el miedo. Para mí que vio esa mezcla que teníamos hirviendo adentro. Y ahí fue que nos habló de Dios. Nos reveló a Dios con el pasaje de la zarza ardiente. Lo conocen, ¿no? Amelia nos hizo el cuentito. Nos dijo que Moisés estaba perdido y que una voz lo llamó desde una zarza que estaba prendida fuego. Y Moisés se acercó y vio que la zarza no se quemaba. Y ahí nomás vino el truco de magia: Amelia prendió un fósforo, dejó que se quemara hasta la mitad, lo agarró de lo que quedaba de la cabecita, lo dio vuelta y dejó que terminara de quemarse. Y cuando ya era nada más que un rulito negro, lo puso sobre la mesa y dijo que el fuego, el que conocemos, la llama que arde acá, en el mundo material, quema todo, pero que el fuego de Dios no, el fuego de Dios es distinto, no quema, solamente ilumina, nos hace más fuertes, y si nos dejábamos quemar por el fuego de Dios íbamos a ser como esa zarza, que era una plantita más o menos de nuestro tamaño, nos dijo, y que estaba intacta, verde y fresca bajo la llama de Dios. Y que, si nos dejábamos quemar por el fuego de este mundo, que es el del infierno, el del diablo, íbamos a terminar como el fósforo. “Y así, con fuego divino, se iluminó el camino de Moisés, que rescató a su pueblo de las garras del faraón, que era malísimo”, nos dijo. Nos quedamos fascinados. Nosotros no conocíamos a Dios, para nada. Ni sabíamos de la vida de Jesús ni de los ángeles. Solamente existían Papá Noel y los Reyes Magos, que eran unos personajes de cuento que pasaban cada tanto a la tardecita por el barrio, subidos a la caja de una rastrojera, y nos tiraban caramelos como quien les tira maíz a los chanchos. Y así, gracias a Amelia, conocimos el significado de palabras como “milagro”, “espíritu”, “divino”… Los demás estaban avanzados en catequesis, por eso tuvimos que tomar clases aparte con ella antes de integrarnos al resto, que las recibía directamente del padre Juan.      

Las primeras noches dormimos con ella, hasta que nos acostumbráramos a los demás, nos dijo. Amelia se tiró un colchón en el piso y nos dejó la cama. Hasta eso hizo. Y era grande ya. Tenía cerca de sesenta. Los demás pibes también eran más grandes que nosotros y nos miraban con desconfianza. O por ahí eran celos. Pero ninguno pasaba los once. Cuando los cumplían, los mandaban a otro instituto. Nos enteramos porque un día nos contó uno de ellos, el primero que se nos acercó. Él tenía un hermano más grande y los habían separado, pero cada tanto lo iba a visitar. Se tuvo que apurar a aclararlo porque Jorge se había puesto a llorar del miedo a quedarse solo. Después, de a poco, nos fuimos acercando a los demás. Nos hicimos bastante amigos, aunque siempre estaba ese recelo, esa cosa de que éramos especiales, los preferidos de la catequista. Pasaron un par de años, muchos se fueron y llegaron otros, pero no nos pudimos desprender de ese estigma. Tampoco nos ayudaba mucho que digamos estar exceptuados de limpiar el salón y los baños y de dar una mano en la cocina. Teníamos otras tareas: preparar el altar y las ofrendas, ayudar a Amelia a doblar la ropa del padre Juan, pasarles un trapito húmedo a las estatuas…

Amelia nos defendió siempre. Porque había algunos que nos buscaban roña por cualquier cosa. Un par de veces quise agarrarme a trompadas con uno que seguro me llevaba dos o tres años además de unos cuantos centímetros y que nos había dicho “putos”. Amelia salió de la nada y nos separó, y a ese lo castigó feo: tuvo que limpiar los baños por dos semanas. A Jorge y a mí nos enseñó que todo buen cristiano debe poner la otra mejilla si alguien lo golpea. Nos mostró el sufrimiento de Cristo en el Via Crucis, cómo aceptó cargar con la cruz y después con los clavos y la corona de espinas. Nos dijo que teníamos que hacer lo mismo si queríamos ganarnos nuestro lugarcito en el cielo. Cuando entramos a dormir con el resto, pasó noches enteras en vela para cuidarnos. Ella pensaba que no nos dábamos cuenta, pero yo veía cómo se escondía para vigilar que nadie nos hiciera nada. No sé cómo hacía, pero a la hora que me despertara estaba ahí, sentada en un rincón, con la espalda contra la pared, cabeceando, durmiendo con un ojo y controlando con el otro. Era nuestro ángel de la guarda.

Por eso nos dio tanta rabia lo que pasó. Porque la queríamos tanto…

Un tiempo después de que trasladaron al Padre Juan, quisieron llevársela también a ella, pero con Jorge hicimos de todo para retenerla. Empezamos una huelga de hambre, gritamos y chillamos casi hasta hacer explotar los vidrios, imploramos, suplicamos, nos arrodillamos delante del Padre Héctor, el remplazante, y le dijimos que nosotros no podríamos vivir sin ella, que si era necesario se lo diríamos a quien él quisiera. Y fue necesario. Nos llevó con el Obispo. Le contamos lo buena que había sido Amelia con nosotros. Cómo nos había cuidado. La falta que nos hacía. El Obispo quería saber bien qué había pasado y nosotros le dijimos que no entendíamos. ¿Pasado con qué? Si Amelia era un sol. El Obispo nos hizo preguntas bastante raras, pero en todas supimos dejar a Amelia bien parada. Ahí yo ya tenía diez y Jorge, ocho.

Para ella había sido difícil. Ese último verano lo había pasado pésimo. Supusimos que en gran parte se debía a no saber si seguiría estando ahí (había estado desde muy jovencita, nos había contado), porque parecía que no terminaba de ganarse la confianza del Padre Héctor, que siempre la miraba con algún recelo y la había apartado de las tareas litúrgicas para darle un rol un poco más “doméstico”. Ahí fue cuando empezó a tomar las pastillas para dormir, porque le costaba mucho conciliar el sueño. Y empezamos a turnarnos con Jorge para hacerle compañía. Una noche cada uno. Nos quedábamos hasta que se durmiera. Primero rezábamos con ella los dos y después uno se quedaba a hacerle compañía. A veces llorisqueaba, pero nosotros la consolábamos, y eso la conmovía todavía más. A lo mejor la sorprendía lo bien que habíamos aprendido a afrontar la adversidad, a mostrar la otra mejilla. Por ahí no se esperaba que a nuestra edad tuviéramos tanta entereza. Le decíamos que siempre íbamos a estar con ella, que iban a tener que matarnos antes de que permitiéramos que nos separaran de su lado. Entonces, como les decía, nos asegurábamos de que se durmiera profundamente, y ahí sí, nos íbamos a dormir tranquilos con el resto.

Para ese tiempo ya habíamos ido a Luján. El viaje lo había organizado el Padre Héctor y nosotros prácticamente no nos despegamos de Amelia. El trayecto se nos hizo larguísimo. Los asientos del colectivo eran bastante duros. Nos bajamos a la entrada y fuimos caminando por el bulevar, porque al Padre Héctor se le ocurrió que hiciéramos una mini procesión para ir acostumbrándonos a la de octubre. A mitad de camino ya no dábamos más de las piernas, la cadera, la espalda… Entre el viaje en colectivo y la caminata... “¡Vamos! ¡No sean debiluchos!”, nos gritaba el padre Héctor. “¿Cómo van a hacer de acá a un mes?” Tienen que entrar en forma. Amelia también iba bastante dolorida, se le notaba en la cara. Y llegamos por fin a la basílica y vimos a la Virgen. Estaba entronada en un altar con flores blancas y guirnaldas doradas y plateadas. Nos sentimos como cuando volvíamos de jugar y mamá nos recibía en casa. Lo vimos así, de repente, después de esos años en el instituto. Los dos lo sentimos y supimos cuánto la extrañábamos. Amelia no nos pegaba ni nos tiraba del pelo, pero no era mamá. Cómo no íbamos a llorar…

Y después pasó lo que pasó. Una tragedia. Fue en el invierno siguiente, unos meses después de ese encuentro con la Virgen. Amelia dormía con una estufa a querosén, parecida al calentador que había comprado papá para remplazar el brasero. El calentador era menos peligroso, pero también tenía sus riesgos. Papá nos había dicho que tuviéramos mucho cuidado de no patearlo, de no llevarlo por delante, porque si se caía y se volcaba el querosén podía hacer un desastre. Todos dijeron que algo de eso podía haber pasado.

No se dan una idea de lo que la queríamos a Amelia. Por eso nos afectó tanto lo que pasó: nosotros no sabíamos nada, no entendíamos nada. Éramos tan chicos… Y Amelia, que había asumido con un celo enorme la misión de hacernos comprender lo necesario que era someter la carne para salvar el alma, después de prepararnos con parábolas del viejo y del nuevo testamento le cedía el turno al Padre Juan. Nos dejaba con él en la pieza, a la hora de la siesta. Pero no a los dos juntos. Ella se quedaba afuera con uno de nosotros, esperando. Y el Padre Juan primero nos confesaba y después nos daba la penitencia. Así le decía. Y Amelia después nos tranquilizaba y nos aclaraba que tenía que ser así. Que estaba bien tolerar el dolor. Que era dolor físico, nada más, y que era una forma de expiar los pecados. Que lo importante era el alma. Éramos tan chicos…

Cuando los primeros empezaron a despertarse con el humo, ya era tarde. El padre Héctor trató de entrar a la pieza, pero no pudo ni acercarse a la puerta, porque a esa altura ya era el mismo infierno. Los bomberos tuvieron que tirarla abajo. Cuando pudieron apagar las llamas, se encontraron con un cuerpo esquelético, retorcido y humeante, tirado sobre el piso y casi abrazado a la estufa. Al parecer, Amelia se había levantado durante la madrugada medio atontada por los ansiolíticos (no era un secreto que los tomaba) y se había tropezado. Así fue como se resolvió la causa, coronada por ese poder de síntesis que tiene la Justicia, por ese afán de simplificarlo todo; el mismo afán que le puso el punto final a nuestros días en el barrio: “Homicidio seguido de suicidio”, “Muerte por accidente”, y así…

Los recuerdos vuelven de noche, en medio de la oscuridad de la pieza, entremezclados con todo tipo de sensaciones: el silencio (el de casa después de los estruendos y los quejidos de mamá, el de Amelia, el nuestro), el ardor del fuego y de la penitencia, el olor de la carne (la carne abrasada de Amelia, la carne avasallante del padre Juan), el calor de las manos de Amelia y el de la estufa, la incandescencia y el fulgor de los copones, de los ojos de Moisés y de la zarza, del pabilo encendido de los cirios; la tibieza del ronquido impávido, imperturbable de su cuerpo dormido, su peso liviano, ínfimo, incluso para un par de pibes, y los colores: el brillo rojizo de la llama avanzando por la tela, el brillo pálido de la llave que escondimos, el brillo negro del cuerpo encogido de la pobre Amelia, como el del fósforo achicharrado que ella misma nos había mostrado el primer día; como si Dios la hubiese agarrado de la cabeza y la hubiese dado vuelta para que siguiera quemándose.

 

 

 

sábado, 5 de septiembre de 2015

La conquista de todas las Grecias

Primero hay que otear las armaduras de las huestes
enemigas, tantear el latir bajo las cotas,
luego avanzar con miedo supremo a la derrota,
alzar las armas, sentirse en manos de la muerte;

finalmente atacar con insistencia leonina,
asediar en embates hasta oír el resuello
y tomar por asalto la ternura del cuello
y sentir en las fauces el fluir de la vida,

e ir valientemente trepando las murallas
y entrar a combatir en territorio tomado;
dar la voz a las tropas y acabar la batalla...

Después dormir el sueño vital del regocijo
y ver como romano en lo griego de tus hijos
la duda de haber sido Señor o conquistado.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Los curiosos casos de Read & Wright

¿Quién mató a Mr. Tolove?

Amanecía en el pequeño pueblo, y la húmeda niebla se levantaba perezosamente. Una leve claridad anunciaba el alba, oculta detrás de un cielo de plomo. Las casas, silenciosas, dejaban chorrear todavía de sus techos la huella acuosa de la madrugada que acababa de irse. En las calles reinaba el mismo silencio inmóvil y gris de todos los días, pero poco a poco comenzaba a ceder ante la insistencia de un monótono y creciente zumbido que parecía venir desde el horizonte.
Alguien corrió la pesada cortina de la sala para husmear qué era lo que alteraba la callada rutina del poblado, y pudo ver llegar, chapoteando en el fango de la calle principal, un automóvil que se detuvo justo en el medio de la cuadra, y del que vio bajar a dos caballeros que aparentaban debatir sesudamente alguna cuestión de importancia. Sin embargo, a pesar de la concentración que ambos ponían en la charla, sintió que quizás observaran mucho más de lo que parecía.
Las ventanas poco a poco comenzaron a encenderse, pues a pesar de la hora, aún era necesaria la luz artificial para ver con precisión. El ruido del coche había despertado a casi todos los habitantes.
Parados en el medio de la calle, Read y Wright, efectivamente, conversaban para disimular que inspeccionaban minuciosamente el lugar:
-  Mire como sin querer a su izquierda – dijo Mr. Read –: a unos veinte metros, aproximadamente, está el cuerpo.
-  ¿Ha notado algo en particular, inspector?– preguntó Wright.
-  No por ahora, salvo que todas las ventanas se encendieron, excepto una.
-  ¿Quiere decir que hay alguien que todavía no se ha levantado?
-  Imposible, querido Wright. Los habitantes de Adverbial City son muy rutinarios. Siempre se levantan a la misma hora. Y en el caso de que alguien se hubiese quedado dormido, el ruido de un automóvil en medio del silencio al que están acostumbrados estos pobladores, sería motivo suficiente como para despertarse y asomarse a la ventana.
-  ¿Entonces…?
-  Mi querido Wright, eso significa que alguien está despierto desde mucho antes, y que tiene los ojos tan acostumbrados a la oscuridad y a la bruma que no ha necesitado la luz para ver claramente.
Wright sintió que un escalofrío le recorría súbitamente la espalda. Pero Read ni siquiera le dio tiempo para estremecerse:
-  No es de aquí – aseveró–. La vestimenta coincide con la de Mister Tolove, de quien se nos alertó anoche que había desaparecido de su residencia de Verb Town, cuyos habitantes suelen venir a Adverbial City a buscar ayuda cuando necesitan decir algo con precisión.
De a poco, todos fueron saliendo de sus casas, impulsados por la curiosidad, y por una creciente claridad que iba permitiendo ya distinguir el cuerpo tendido sobre el lodo.
En un puño del cadáver, estrujada y manchada de fango, había una margarita a medio deshojar.
Read reunió a su alrededor a todos los vecinos del pueblo y les preguntó sus nombres. Así, uno a uno se fueron presentando Miss Afirmation, Miss Negation, Mister Way, Miss Doubt, Miss Quantity, Mister Place y Mister Time.
-  ¿Alguien sabe quién hizo esto? – preguntó Read señalando el cadáver.
-  No – contestó Miss Negation.
-  Mal lo he de saber, señor. Si lo supiera, buenamente se lo diría –  respondió Mister Way.
-  De todos modos ya es tarde –  sentenció tristemente Mister Time.
-  Probablemente, con su ayuda lo lleguemos a saber – dijo Miss Doubt.
-  ¡Indudablemente! – agregó Miss Afirmation.
-  Usted es excesivamente confiada – replicó Miss Quantity.
-  Aquí algo huele…
-  ¡Mal! – exclamó Mister Way, completando la frase de Mister Place que había quedado trunca precisamente a causa de su exclamación.
-  ¿Lo vieron ustedes alguna vez? – inquirió Read.
-  Quizás… – dijo Miss Doubt.
-  Siempre; anteayer, ayer… Pero… ¡pero mañana...! – gritó Mister Time sollozando.
-  Lo veía acá, allá, allí, acullá, enfrente, cerca, lejos, dondequiera que mirara – aseveró Mister Place.
-  Venía mucho. Lo extrañaremos enormemente – señaló Miss Quantity.
-  Quizás regrese alguna vez – dijo Miss Doubt.
-  ¡Indudablemente se ha vuelto usted loca! – le gritó Miss Afirmation.
-  ¿Recientemente? – preguntó Mister Time.
-  ¡Demasiado loca! – afirmó Miss Quantity.
-  ¡Cierto! – volvió a exclamar Miss Afirmation.
-  Horripilantemente loca – apuntó Mister Way.
-  Sí, puede ser – reflexionó Miss Doubt.
-  No lo creo – refutó Miss Negation.
-  ¡Silencio! – estalló la voz de Wright.
-  ¿Ahora? – preguntó contrariado Mister Time.
-  ¡Sí, ahora! – exclamó Wright enfurecido.
Una bandada de pájaros salió volando espantada de la copa de un ciprés achaparrado y se perdió entre las nubes. Wright se dirigió a Read por lo bajo: “Están todos locos” le dijo en tono de confidencia. Read lo tranquilizó con una palmadita en el hombro.
La calma se posó nuevamente sobre el pueblo. El detective extrajo su libreta y su pluma y solicitó a cada uno su dirección. Una vez que las hubo anotado todas, les pidió cortésmente a los lugareños que volviesen a sus casas y quedó nuevamente a solas con su compañero en medio de la calle.
-  Estimado Wright – dijo –, vaya usted a Scotland Yard y haga que manden un grupo de hombres al 285 de esta calle. Allí arrestaremos al criminal.
-  Pe… pero es donde vive…
-  ¡Exactamente, mi querido Wright! Y si recuerda usted bien, es la casa en cuyas ventanas no se encendió luz alguna.
-  ¿Y cómo sabe que fue…?
-  Simple observación – interrumpió Read –. En un momento determinado, en medio del tumulto, alguien dijo algo que definitivamente no va con su personalidad, cosa por demás extraña en una persona tan tradicional como las de Adverbial City. Seguramente, los nervios le jugaron una mala pasada. Pero usted, mi querido amigo, no lo notó porque se dejó aturdir por el escándalo. Haga memoria, trate de recordar todo lo que se dijo y lo advertirá al instante. Además, trate de aprovechar el viaje para reflexionar acerca de qué moraleja puede sacar de este caso. De todo siempre se aprende algo, créame… Vaya; vaya, mi querido amigo. Yo me quedaré esperándolo. Vigilaré desde la cantina que nadie se escape. No hay nada que me abra más el apetito que investigar.

¿Quién es el asesino? ¿Qué moraleja se puede extraer de esta historia?

sábado, 16 de junio de 2012

Los curiosos casos de Read & Wright

La Biblioteca Real

El comienzo de la segunda guerra mundial había exacerbado los sentimientos nacionalistas, y absolutamente todas las manifestaciones se habían teñido del color del país donde se producían: en las charlas cotidianas, en los periódicos, en los cinematógrafos, en los edificios públicos y en los hogares no se hablaba de otra cosa que no fuese defender los intereses nacionales. La gente colgaba de los balcones banderas improvisadas y guirnaldas con los colores patrios. Y hasta las líneas ferroviarias habían puesto a sus locomotoras nombres de héroes de guerra legendarios, que habían pintado a ambos lados de las máquinas, adornados con pequeñas banderas y símbolos que representaban los valores más emblemáticos de la nación.
En tanto, tratando de lograr cierta distancia de ese repentino clima de fanatismo nacional, en su pequeña oficina de la calle Roadville, Read y su asistente tomaban el té de la mañana mientras leían el Sun; el primero, cómodamente reclinado en su sillón, con un dejo de entre escepticismo y desaprobación, y el segundo, sentado a la mesa y sosteniendo su cabeza con un puño, con pronunciado fervor y con una determinación que se le notaba en el color levemente encendido de las mejillas.
-  Hmmm… Esto no tiene sentido, Wright.
-  Para nada. La verdad, no lo entiendo.
-  Sinceramente, creo que todo está equivocado, como si quien escribiera esto no tuviera idea de a dónde nos conduce.
-  ¡Efectivamente! ¡Es lo que yo digo! ¡Fíjese usted mismo, inspector! – aseveró Wright sumamente indignado, extendiéndole a Read la página maltratada por la pluma con la que había estado garabateando recientemente –. ¡Cinco letras, “prefijo que denota grado superior de significación”! ¡Y empieza con “a”! ¡Es imposible!
Un insistentemente suave meneo de cabeza de cada uno de ellos acompañó el profundo silencio que se produjo durante un pequeño instante: gesto de repudio el de Wright, señal de resignación el de Read.
-  Yo me refería, estimado Wright, al artículo editorial que alienta a nuestros ciudadanos a intervenir activamente en esta desgraciada guerra…
-  ¡Ah...! – se disculpó el asistente, bastante avergonzado –. Igualmente, no tiene sentido: ¡cinco letras! Está equivocado. Deben de ser las pistas de un número posterior, porque prefijos así que yo conozca, sólo existen “re”, “réquete”, “súper”…
-  Bueno, esos son a–r–c–h–i–conocidos, pero si piensa usted mejor…
-  Sí, claro, pero son los únicos y…
-  ¿Y…?– preguntó Read a lo Sócrates.
-  Bueno, y… ¡Ahhh…! ¡Un momento! ¡El diario está bien, inspector! ¡Ya lo tengo! ¿¡Cómo no se me ocurrió antes!? ¡Es “ARCHI”! – gritó Wright levantando los brazos y mirando el techo–. De repente me ha venido la inspiración y… no sé, simplemente se me ocurrió… Discúlpeme, Mr. Read, ¿quería usted decirme algo? Creo que lo interrumpí cuando intentaba iniciar una frase…
-  No, no. Para nada, mi estimado amigo. Olvídelo. Era algo sin importancia…– le dijo Read mientras le devolvía el suplemento del periódico con los juegos de palabras.
En eso sonó el teléfono.
-  No se moleste, mi querido Wright – le pidió sinceramente Read –. Prosiga usted con su actividad.
-  Bah, no es nada, inspector, sólo estoy jugando un poco…
-  No, no… créame que más que un juego es un muy buen ejercicio, y sin dudas le será muy provechoso… por favor, no se moleste – insistió.
La llamada provenía del mismísimo Palacio de Buckingham, y Read no vaciló, tras enterarse de la situación y dar un par de recomendaciones, en comprometerse a resolver urgentemente el caso.
-  Nos vamos al palacio, Wright – indicó Read inmediatamente después de colgar el tubo. 
-  ¡Perfecto! ¡Al palacio de los sombreros! ¡Allí vamos, inspector! ¡Por fin se decidió! Y ahora que lo ha hecho, siento que tengo licencia para hablarle con total franqueza: la verdad, ya era hora de cambiar ese esperpento que lleva puesto. Por otro lado… ¿sabe? creo que no me vendría mal… claro, si es que quisiera usted quedar bien con un amigo…
-  Wright… – lo interrumpió delicadamente Read mientras cerraba la puerta de la oficina.
-  ¿Sí, inspector?
-  Vamos al Palacio de Buckingham, a la casa real…
-  Ah… – se descolocó un tanto Wright; se adelantó hasta el auto, abrió la puerta e hizo una reverencia para que Read subiera lo más rápidamente posible.
Una vez en el palacio, ambos fueron conducidos directamente a la Biblioteca Real. Allí los esperaba, con el cabello revuelto, el cuello de la camisa desabrochado y el rostro descompuesto por la desesperación, Sir Larry Shilton, el bibliotecario real desde hacía más de cuarenta años.
-  Caballeros – dijo el joven funcionario que había acompañado a los visitantes hasta el despacho ubicado en el segundo piso del palacio, haciendo una pronunciada reverencia–, permítanme tener el honor de presentarlos: nuestros ilustres visitantes, el inspector Read y su asistente Wright, y el excelentísimo caballero Sir Larry Shilton, nombrado por su majestad la Reina de Inglaterra, Real Bibliotecario y Organizador de Biblioratos e Índices,  Re.B.O.B.I.
Wright tuvo serios inconvenientes para contener una risita que le vino desde lo más profundo, se le asomó silenciosa e irreverentemente por entre los labios y volvió a esconderse rápidamente, engullida con desesperación por su rostro tenso, tembloroso y ya para entonces bastante enrojecido.
-  No tema – lo miró a la cara Sir Larry Shilton–. Hace décadas que vengo soportando la incompetencia de los burócratas encargados de crear los cargos. Y como si fuese poco, cada vez que me presentan en público, tienen que pronunciar esa ridícula sigla sólo porque así lo establece el protocolo.
-  Debe de ser un tanto incómodo para usted, imagino – respondió Wright aún tratando de contenerse.
-  De a poco me he ido acostumbrando…
-  Sí, aunque es bastante gracioso…– se animó Wright.
Fue entonces que, viendo que el rostro de Sir Larry Shilton comenzaba a enrojecer, Read decidió intervenir velozmente:  
-  Veo, por su estado de ánimo, que aún falta la obra, Sir Shilton – arriesgó.
-  Exactamente, inspector –respondió el anciano sumamente nervioso –. Como usted me recomendó cuando hablamos por teléfono, la volví a buscar hasta en los sitios más impensados de mi despacho, en el anaquel donde se encontraba, dentro y debajo de los muebles, en mis cajones… y nada, inspector; esa obra no aparece por ninguna parte. Es indudable que, dado su valor histórico, alguien la ha robado.
-  Bien, dígame, Sir Larry, ¿de qué obra se trata y cuándo la vio por última vez?
-  Es el manuscrito original de “Vienen los leones”, la tragedia escrita por Richard Mc Coles en el siglo diecisiete, en la que se exalta el coraje y la determinación de nuestras tropas durante la batalla de Dunbar, que tuvo lugar en Escocia al final del siglo trece, y al cabo de la cual nuestras tropas instalaron su dominio en ese territorio. Hasta hace una semana estaba aquí, en mi despacho. La había sacado mi secretario, Phillip Merton, para seleccionar unos pasajes que el gobierno utilizaría en la propaganda de reclutamiento de tropas.
-  Bien, pero… ¿por qué consultar el manuscrito, si seguramente deben de existir varias copias guardadas en los salones de la biblioteca?
-  Una simple cuestión de comodidad: nos era más sencillo ver el original, ya que lo teníamos aquí al alcance de la mano, junto con las obras más importantes, ojearlo con mucho cuidado y luego volverlo a guardar…
-  ¿Y pudieron consultarlo?
-  Sí, claro. Pero no era lo que yo esperaba, o al menos muchos pasajes no estaban escritos como los recordaba. En definitiva, Phillip volvió a guardar la obra y desde entonces la perdí de vista. No me di cuenta de que faltaba hasta el día de hoy, en que la busqué para releerla. Aún no me convencía del todo de que no nos sirviera, y deseaba verla más detenidamente …
-  ¿Vio usted cuando Phillip la guardaba?
-  Bueno, no… pero… ¿Insinúa usted que..?
-  No, no, Sir Shilton. No nos apresuremos a sacar conclusiones sin tener los elementos suficientes. ¿Está el señor Merton disponible para hacerle algunas preguntas?
-  No… el lunes pasado inició sus vacaciones. Hoy debe de estar en Cartwright, su pueblo natal.
-  ¿Él tiene llave de su despacho?
-  Sí, pero… le aseguro que es de absolutísima confianza, inspector. Lo conozco desde hace quince años, y créame que se ha ganado mi respeto…
-  ¿Suele entrar alguien más; alguna otra persona tiene llave del lugar?
-  Ninguna. Y cada tres años cambiamos la cerradura.
-  Bien. Dígame, Sir Shilton, ¿cómo clasifica las obras?
-  Bueno, los géneros han cambiado un poco… con esto de la guerra, el sentimiento patrio se ha extendido bastante, y desde la calle y las oficinas de gobierno ha llegado a las escuelas, a los institutos y a todos los edificios estatales, de modo que por una disposición reciente, hace aproximadamente un mes y medio tuvimos que reclasificar las obras de mayor valor, y debimos hacerlo de este modo: en aquel mueble que ve allí, están ordenadas por períodos las obras que nos han ordenado llamar “Menores”…
-  Ahá… ¿y en este anaquel vidriado, arreglado tan cuidadosamente?
-  Aquí están las obras clasificadas como “Mayores” y que se subdividen en…
-  ¿Sí?
-  Bueno, en… me da un poquito de vergüenza, inspector, pues no es una clasificación muy ortodoxa, pero… ya sabe cómo es la política…
-  No tema, Sir Shilton, dígame…
-  Las obras “Mayores” se dividen en: “Poco inglesas”, “Aceptablemente inglesas”, “Inglesas”, “Muy inglesas”, “Menos inglesas que Hamlet”, “Más inglesas que Hamlet”, “Superinglesas”, “Inglesísimas” e “Inglesas entre las inglesas”.
-  Sin dudas, una clasificación muy peculiar, ¿verdad? Y déjeme adivinar: en las “Menores” están todas las que no son inglesas, ¿no?
-  Así es…
-  ¿Usted mismo las redistribuyó?
-  No, no. Cuando llegó la hora de reclasificarlas, todo el trabajo lo hizo Phillip. Yo simplemente le di algunos lineamientos generales, según las órdenes que recibí del Ministerio de Cultura.
-  ¿Y Phillip no le dijo nunca en qué apartado había colocado “Vienen los leones”?
-  No, inspector. Ni vi tampoco ni presté atención siquiera de dónde la sacó cuando la consultamos, ni dónde la guardó después… Pero estoy segurísimo de que la volvió a poner en su lugar, porque cuando salió ese día, no llevaba, como no lo hace nunca tampoco, ningún paquete consigo en el que pudiera meter nada que desease sacar de aquí.
-  Y usted está seguro de que aquí no está…
-  ¡Por supuesto! ¡Totalmente seguro! Inspector, he revisado parsimoniosamente todos y cada uno de los anaqueles de las obras “Mayores”, incluso los de las obras “Poco inglesas” y “Aceptablemente inglesas”. Lo he hecho tres veces, y no ha aparecido…
Ambos hombres hicieron silencio por un momento, y concentraron su mirada en puntos fijos, como si, aun con los ojos abiertos, trataran de buscar dentro de su mente la solución al enigma. En eso estaban cuando Wright decidió por fin intervenir:
-  ¿Podría usted… citar algún pasaje de la obra? – consultó repentinamente, saliendo de una suerte de meditación en la que había estado vagando durante todo el desarrollo del cuestionario de Read, que lo miró bastante sorprendido.
-  Sí, sí, claro. Recuerdo uno en particular – aseguró Sir Larry Shilton, y se acercó al ventanal carraspeando y tratando de aclarar la voz como para un concierto –. Es así: “…vienen los leones con sus lanzas erguidas; asoman por la tarde y hasta el sol se esconde de su hambre infinita de tierra y de grandeza…” – recitó con frenesí mirando el cielo a través del cristal inmaculado de su despacho.
Wright se acercó a Read con la evidente intención de comunicarle algo secretamente.
-  ¿Y bien, Wright? – indagó el detective en voz baja.
-  Ya tengo la tres vertical: “erguido”. La definición me quedó grabada porque me resultó un tanto difícil por su ambigüedad: “Levantado, derecho / Engreído, soberbio.”
-  ¿Y… algo que nos sea de provecho para este caso, Wright? – requirió pulidamente Read.
-  Precisamente, inspector: en este caso, me parece que, como en la definición de mi crucigrama, este pasaje, que además creo que puede llegar a ser representativo de toda la obra, admite dos interpretaciones: puede ser tomado como una loa o como una ofensa… Y creo que hay una palabra clave en ese fragmento que nos puede dar una idea bastante aproximada del punto de vista desde el que se narran los acontecimientos… Y si además se fija usted en el apellido del autor…
Read no salía de su asombro:
-  O sea que…
-  ¡La obra está aquí, y siempre lo estuvo! – gritó súbitamente Wright.
-  ¡¿Cómo?!¡¿Dónde?! – reaccionó Sir Larry Shilton, volviendo en sí de su lirismo.


¿Dónde está la obra? ¿Por qué? ¿Cuál es la palabra a la que se refiere Wright y por qué dice el asistente que señala el punto de vista del narrador?   


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