Solo Dios sabe cuánto amábamos
a Amelia. Piensen que nosotros nos quedamos sin padres de la noche a la mañana.
Papá mató a mamá y después se pegó un tiro. Así nomás. Parece tan fácil de
decir… Una frase tan corta y sencilla. Un acto también tan rápido. Dos actos
que terminaron siendo uno, en realidad. Hoy lo veo en la carátula que ponen los
fiscales en estos casos: “Homicidio seguido de suicidio”. Qué poder de síntesis
tiene la Justicia, ¿no? Y nosotros nos quedamos solos. No teníamos ningún
pariente más que una abuela en el Norte. En un pueblo de Chaco. No me acuerdo
ni el nombre. Éramos tan chicos… Jorge tenía cuatro y yo tenía seis. Y no digo
esto para que nos tengan lástima. Lo digo porque es cierto, porque fue así. Y
nos mandaron al hogar, al instituto, quiero decir… Ahí éramos todos pibes,
todos varones. Y la primera que nos recibió fue Amelia. Ni bien la vimos nos
largamos a llorar. Después entendimos de dónde venía la frase “llorar como una
Magdalena” (después, cuando Amelia nos empezó a contar de la Virgen, Jesús, los
santos, la crucifixión…). Y más adelante, cuando fuimos a Luján todos juntos y
vimos a María, ahí nos pasó lo mismo. Lloramos, digo. Aunque fue un llanto
diferente. Ya van a ver por qué.
Les decía que Amelia fue la
que nos recibió y nos consoló. Lloramos muchísimo, un rato bien largo, con
mocos y berrinches. Jorge se puso a golpear el tapizado de una silla y yo rompí
una estatuita de un santo contra la pared. Creo que era San Antonio, no sé… Fue
hace tanto tiempo, que algunos detalles se me borraron. Pero hay otros que
siguen firmes, que vuelven de alguna manera, con la forma de una sensación amarga,
una angustia brutal, una fractura, como si el pecho fuese un jarrón de cristal,
y no se quieren ir, por más fuerza que haga. Mi mujer me dice que se me hincha
una vena de la frente y que parece que se va a reventar. Me pasa más que nada cuando
me despierto en medio de alguna pesadilla, enredado en sensaciones y formas
difusas. Pero, volviendo a Amelia, yo pensé que ahí nomás nos iba a dar un bife
o nos iba a revolear de los pelos para que paráramos, pero nos dejó que nos desahogáramos.
Y después nos abrazó y nos acarició y nos llenó de besos.
Y nosotros pensamos que en
algo se parecía a mamá cuando estaba bien, a mamá en la mañana, cuando era
buena y no se desquitaba con nosotros de las murras que le daba papá y que
veíamos en vivo y en directo. Que quede bien clarito que no le pegaba a escondidas.
No disimulaba nada. En eso papá era honesto. En lo único. Porque de lo que
ganaba, a casa no llevaba casi nada. Lo dejaba en el bar, decía mamá. Nos decía
a nosotros y se lo decía a él cuando empezaban a pelear. A veces mamá se
defendía y le pegaba una que otra cachetada, y a veces papá se quedaba quieto,
como que reaccionaba y se arrepentía de todo. Pero a veces, la mayoría, se
ponía más brava la cosa y mamá terminaba toda moreteada, y nosotros sabíamos que después venía lo peor, porque
esos moretones eran el aviso de las cachetadas que ella nos iba a dar por
cualquier cosa que hiciéramos. Cualquier excusa le venía bien a mamá para
desquitarse con nosotros. Pero no era así siempre. Había momentos buenos. Qué
sé yo… Íbamos a la plaza todos juntos, paseábamos...
Una vez fuimos a almorzar a la
costanera, a un carrito que se llamaba La Marcelita. Del apuro me comí un
pedazo de servilleta de papel cuando mordí el sánguche. Con Jorge nos
terminamos la Pepsi en dos tragos y rompimos tanto los cocos que nos tuvieron que
comprar otra. Qué lindo. Fresca, dulce. En ese tiempo todo lo bueno venía de
afuera. Pero no de afuera de casa o de afuera del país. De afuera de nosotros.
No sé si me explico. Lo material, lo inmediato. Nos conformábamos con poco. No
sé si éramos felices con ese poco. Por ahí es algo que me parece ahora, después
de muchos años. Nos conformábamos, por lo menos eso. Un alfajor, un poco del
calor del brasero, la sombrita de los pinos de la plaza, los regalos de
Navidad, cuando había: soldaditos de plástico, por ejemplo. No nos importaba
que no fueran nuevos. Yo le decía a Jorge que seguro que Papá Noel los había
rescatado del ejército donde tenían jefes malos, que les pegaban y los
obligaban a salir a pedir armas por ahí, como hacían los papás de Loli, que lo
mandaban a pedir en los semáforos. Y no sé si Jorge entendía del todo ni si
tenía necesidad de hacerlo. Yo creo que se lo decía más bien para conformarme
yo. Pero a nosotros no nos mandaban. Eso también era algo bueno de papá y mamá.
Aunque después Amelia nos explicó que lo mejor venía de adentro. Que esas eran
alegrías superficiales que duraban poco. Cuando se terminaba un chupetín nos
quedaba dando vueltas el gusto por un ratito, pero nada más. Después nos volvía
el aliento amargo de siempre y el dolor de estómago.
Pero Amelia nos mostró que lo
único que importaba estaba más allá de los sentidos, que el cuerpo es una
carcasa impura del mundo terrenal. Ojo, no éramos unos animalitos, eh. A su
manera, papá y mamá nos habían dado una educación. No éramos chorros. Los bifes
que me ligué en la mano aquella vez que, por imitar a otro, porque veíamos
afanar bastante, le saqué un autito de esos de colección a un pibe en la
plaza... ¡Cuando se lo mostré a mamá…! Se lo enseñé como si hubiera hecho una
hazaña, todo orgulloso. Y después de pegarme (cómo picaba; me parece que
todavía siento el ardor), después de pegarme me dijo: “La próxima te corto la
mano. Mañana vas, lo buscás al chico y se lo devolvés”. “Pero si tenía un
montón”, le dije. “¡No me importa! ¡No es tuyo y se acabó!”. Teníamos nuestro
pedacito de alma, porque Dios, después lo supimos, comparte su espíritu con
todo el mundo. Ahí guardábamos las alegrías y, desde ya, el sufrimiento. Pero
con Amelia el alma tomó otro significado. Con ella empezó a llenarse de Dios y
sus enseñanzas.
Amelia nos hizo saber quién
era Dios esa misma tarde. Le salió espontáneamente. O por ahí vio que sería
bueno hablarnos de otra cosa para sacarnos la angustia, la bronca y el miedo.
Para mí que vio esa mezcla que teníamos hirviendo adentro. Y ahí fue que nos
habló de Dios. Nos reveló a Dios con el pasaje de la zarza ardiente. Lo
conocen, ¿no? Amelia nos hizo el cuentito. Nos dijo que Moisés estaba perdido y
que una voz lo llamó desde una zarza que estaba prendida fuego. Y Moisés se
acercó y vio que la zarza no se quemaba. Y ahí nomás vino el truco de magia: Amelia
prendió un fósforo, dejó que se quemara hasta la mitad, lo agarró de lo que
quedaba de la cabecita, lo dio vuelta y dejó que terminara de quemarse. Y
cuando ya era nada más que un rulito negro, lo puso sobre la mesa y dijo que el
fuego, el que conocemos, la llama que arde acá, en el mundo material, quema
todo, pero que el fuego de Dios no, el fuego de Dios es distinto, no quema,
solamente ilumina, nos hace más fuertes, y si nos dejábamos quemar por el fuego
de Dios íbamos a ser como esa zarza, que era una plantita más o menos de nuestro
tamaño, nos dijo, y que estaba intacta, verde y fresca bajo la llama de Dios. Y
que, si nos dejábamos quemar por el fuego de este mundo, que es el del
infierno, el del diablo, íbamos a terminar como el fósforo. “Y así, con fuego
divino, se iluminó el camino de Moisés, que rescató a su pueblo de las garras
del faraón, que era malísimo”, nos dijo. Nos quedamos fascinados. Nosotros no
conocíamos a Dios, para nada. Ni sabíamos de la vida de Jesús ni de los
ángeles. Solamente existían Papá Noel y los Reyes Magos, que eran unos
personajes de cuento que pasaban cada tanto a la tardecita por el barrio,
subidos a la caja de una rastrojera, y nos tiraban caramelos como quien les
tira maíz a los chanchos. Y así, gracias a Amelia, conocimos el significado de
palabras como “milagro”, “espíritu”, “divino”… Los demás estaban avanzados en
catequesis, por eso tuvimos que tomar clases aparte con ella antes de
integrarnos al resto, que las recibía directamente del padre Juan.
Las
primeras noches dormimos con ella, hasta que nos acostumbráramos a los demás,
nos dijo. Amelia se tiró un colchón en el piso y nos dejó la cama. Hasta eso
hizo. Y era grande ya. Tenía cerca de sesenta. Los demás pibes también eran más
grandes que nosotros y nos miraban con desconfianza. O por ahí eran celos. Pero
ninguno pasaba los once. Cuando los cumplían, los mandaban a otro instituto.
Nos enteramos porque un día nos contó uno de ellos, el primero que se nos
acercó. Él tenía un hermano más grande y los habían separado, pero cada tanto
lo iba a visitar. Se tuvo que apurar a aclararlo porque Jorge se había puesto a
llorar del miedo a quedarse solo. Después, de a poco, nos fuimos acercando a
los demás. Nos hicimos bastante amigos, aunque siempre estaba ese recelo, esa
cosa de que éramos especiales, los preferidos de la catequista. Pasaron un par
de años, muchos se fueron y llegaron otros, pero no nos pudimos desprender de
ese estigma. Tampoco nos ayudaba mucho que digamos estar exceptuados de limpiar
el salón y los baños y de dar una mano en la cocina. Teníamos otras tareas:
preparar el altar y las ofrendas, ayudar a Amelia a doblar la ropa del padre
Juan, pasarles un trapito húmedo a las estatuas…
Amelia
nos defendió siempre. Porque había algunos que nos buscaban roña por cualquier
cosa. Un par de veces quise agarrarme a trompadas con uno que seguro me llevaba
dos o tres años además de unos cuantos centímetros y que nos había dicho
“putos”. Amelia salió de la nada y nos separó, y a ese lo castigó feo: tuvo que
limpiar los baños por dos semanas. A Jorge y a mí nos enseñó que todo buen
cristiano debe poner la otra mejilla si alguien lo golpea. Nos mostró el
sufrimiento de Cristo en el Via Crucis, cómo aceptó cargar con la cruz y
después con los clavos y la corona de espinas. Nos dijo que teníamos que hacer
lo mismo si queríamos ganarnos nuestro lugarcito en el cielo. Cuando entramos a
dormir con el resto, pasó noches enteras en vela para cuidarnos. Ella pensaba
que no nos dábamos cuenta, pero yo veía cómo se escondía para vigilar que nadie
nos hiciera nada. No sé cómo hacía, pero a la hora que me despertara estaba
ahí, sentada en un rincón, con la espalda contra la pared, cabeceando,
durmiendo con un ojo y controlando con el otro. Era nuestro ángel de la guarda.
Por
eso nos dio tanta rabia lo que pasó. Porque la queríamos tanto…
Un
tiempo después de que trasladaron al Padre Juan, quisieron llevársela también a
ella, pero con Jorge hicimos de todo para retenerla. Empezamos una huelga de
hambre, gritamos y chillamos casi hasta hacer explotar los vidrios, imploramos,
suplicamos, nos arrodillamos delante del Padre Héctor, el remplazante, y le
dijimos que nosotros no podríamos vivir sin ella, que si era necesario se lo
diríamos a quien él quisiera. Y fue necesario. Nos llevó con el Obispo. Le
contamos lo buena que había sido Amelia con nosotros. Cómo nos había cuidado.
La falta que nos hacía. El Obispo quería saber bien qué había pasado y nosotros
le dijimos que no entendíamos. ¿Pasado con qué? Si Amelia era un sol. El Obispo
nos hizo preguntas bastante raras, pero en todas supimos dejar a Amelia bien
parada. Ahí yo ya tenía diez y Jorge, ocho.
Para
ella había sido difícil. Ese último verano lo había pasado pésimo. Supusimos
que en gran parte se debía a no saber si seguiría estando ahí (había estado
desde muy jovencita, nos había contado), porque parecía que no terminaba de
ganarse la confianza del Padre Héctor, que siempre la miraba con algún recelo y
la había apartado de las tareas litúrgicas para darle un rol un poco más
“doméstico”. Ahí fue cuando empezó a tomar las pastillas para dormir, porque le
costaba mucho conciliar el sueño. Y empezamos a turnarnos con Jorge para
hacerle compañía. Una noche cada uno. Nos quedábamos hasta que se durmiera.
Primero rezábamos con ella los dos y después uno se quedaba a hacerle compañía.
A veces llorisqueaba, pero nosotros la consolábamos, y eso la conmovía todavía
más. A lo mejor la sorprendía lo bien que habíamos aprendido a afrontar la
adversidad, a mostrar la otra mejilla. Por ahí no se esperaba que a nuestra
edad tuviéramos tanta entereza. Le decíamos que siempre íbamos a estar con
ella, que iban a tener que matarnos antes de que permitiéramos que nos
separaran de su lado. Entonces, como les decía, nos asegurábamos de que se
durmiera profundamente, y ahí sí, nos íbamos a dormir tranquilos con el resto.
Para
ese tiempo ya habíamos ido a Luján. El viaje lo había organizado el Padre
Héctor y nosotros prácticamente no nos despegamos de Amelia. El trayecto se nos
hizo larguísimo. Los asientos del colectivo eran bastante duros. Nos bajamos a
la entrada y fuimos caminando por el bulevar, porque al Padre Héctor se le
ocurrió que hiciéramos una mini procesión para ir acostumbrándonos a la de
octubre. A mitad de camino ya no dábamos más de las piernas, la cadera, la
espalda… Entre el viaje en colectivo y la caminata... “¡Vamos! ¡No sean
debiluchos!”, nos gritaba el padre Héctor. “¿Cómo van a hacer de acá a un mes?”
Tienen que entrar en forma. Amelia también iba bastante dolorida, se le notaba
en la cara. Y llegamos por fin a la basílica y vimos a la Virgen. Estaba
entronada en un altar con flores blancas y guirnaldas doradas y plateadas. Nos
sentimos como cuando volvíamos de jugar y mamá nos recibía en casa. Lo vimos
así, de repente, después de esos años en el instituto. Los dos lo sentimos y
supimos cuánto la extrañábamos. Amelia no nos pegaba ni nos tiraba del pelo,
pero no era mamá. Cómo no íbamos a llorar…
Y
después pasó lo que pasó. Una tragedia. Fue en el invierno siguiente, unos
meses después de ese encuentro con la Virgen. Amelia dormía con una estufa a
querosén, parecida al calentador que había comprado papá para remplazar el
brasero. El calentador era menos peligroso, pero también tenía sus riesgos.
Papá nos había dicho que tuviéramos mucho cuidado de no patearlo, de no
llevarlo por delante, porque si se caía y se volcaba el querosén podía hacer un
desastre. Todos dijeron que algo de eso podía haber pasado.
No
se dan una idea de lo que la queríamos a Amelia. Por eso nos afectó tanto lo
que pasó: nosotros no sabíamos nada, no entendíamos nada. Éramos tan chicos… Y
Amelia, que había asumido con un celo enorme la misión de hacernos comprender
lo necesario que era someter la carne para salvar el alma, después de
prepararnos con parábolas del viejo y del nuevo testamento le cedía el turno al
Padre Juan. Nos dejaba con él en la pieza, a la hora de la siesta. Pero no a los
dos juntos. Ella se quedaba afuera con uno de nosotros, esperando. Y el Padre
Juan primero nos confesaba y después nos daba la penitencia. Así le decía. Y
Amelia después nos tranquilizaba y nos aclaraba que tenía que ser así. Que
estaba bien tolerar el dolor. Que era dolor físico, nada más, y que era una
forma de expiar los pecados. Que lo importante era el alma. Éramos tan chicos…
Cuando
los primeros empezaron a despertarse con el humo, ya era tarde. El padre Héctor
trató de entrar a la pieza, pero no pudo ni acercarse a la puerta, porque a esa
altura ya era el mismo infierno. Los bomberos tuvieron que tirarla abajo.
Cuando pudieron apagar las llamas, se encontraron con un cuerpo esquelético,
retorcido y humeante, tirado sobre el piso y casi abrazado a la estufa. Al
parecer, Amelia se había levantado durante la madrugada medio atontada por los
ansiolíticos (no era un secreto que los tomaba) y se había tropezado. Así fue
como se resolvió la causa, coronada por ese poder de síntesis que tiene la
Justicia, por ese afán de simplificarlo todo; el mismo afán que le puso el
punto final a nuestros días en el barrio: “Homicidio seguido de suicidio”,
“Muerte por accidente”, y así…
Los
recuerdos vuelven de noche, en medio de la oscuridad de la pieza,
entremezclados con todo tipo de sensaciones: el silencio (el de casa después de
los estruendos y los quejidos de mamá, el de Amelia, el nuestro), el ardor del fuego
y de la penitencia, el olor de la carne (la carne abrasada de Amelia, la carne avasallante
del padre Juan), el calor de las manos de Amelia y el de la estufa, la
incandescencia y el fulgor de los copones, de los ojos de Moisés y de la zarza,
del pabilo encendido de los cirios; la tibieza del ronquido impávido,
imperturbable de su cuerpo dormido, su peso liviano, ínfimo, incluso para un
par de pibes, y los colores: el brillo rojizo de la llama avanzando por la tela,
el brillo pálido de la llave que escondimos, el brillo negro del cuerpo
encogido de la pobre Amelia, como el del fósforo achicharrado que ella misma
nos había mostrado el primer día; como si Dios la hubiese agarrado de la cabeza
y la hubiese dado vuelta para que siguiera quemándose.
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